Marinés

En un día lluvioso en que la vida
parece detenerse a paso lerdo,
voló mi pensamiento donde anidan
las aves que custodian mis recuerdos.
Y allí entre trastos viejos y olvidados
cubierto por el polvo de los años,
hallé en un cofre un corazón tallado
con la imágen fatal del desengaño.
Prendí la antorcha de mis años mozos
y al recordar a quien pertenecía,
ví en la penumbra aquellos negros ojos
que de un felíz ayer me sonreían.
Se hizo la luz en el desván del tiempo
y aún no sé, que razón nubló mis ojos,
sentí de pronto que golpeaba el viento
le abrí la puerta y escapó un sollozo.
Tomé aquel corazón entre mis manos
quise abrigarlo como ayer lo hiciera,
sentí el otoño en mis cabellos canos
y dejé reposar la primavera.
Lejos estaba de mi alcance, entonces,
cerré la puerta del desván y el viento,
trajo en sus alas un tañir de bronce
y tras la lluvia, se acercó el invierno.
Hoy ya encorvada por el peso mismo
de los años vivídos para amarlo,
vivo vencida, pero mi lirismo
se enciende de pasión para adorarlo.
Y en el ocaso de mis días grises,
un manto de ilusión cubre mis canas,
como si aquél ayer de horas felices
viniera a despertarme en las mañanas.
María Inés Bustos ( Marinés )
Todos los derechos reservados
LEJANÍA

En un día lluvioso en que la vida
parece detenerse a paso lerdo,
voló mi pensamiento donde anidan
las aves que custodian mis recuerdos.

Y allí entre trastos viejos y olvidados
cubierto por el polvo de los años,
hallé en un cofre un corazón tallado
con la imágen fatal del desengaño.

Prendí la antorcha de mis años mozos
y al recordar a quien pertenecía,
ví en la penumbra aquellos negros ojos
que de un felíz ayer me sonreían.

Se hizo la luz en el desván del tiempo
y aún no sé, que razón nubló mis ojos,
sentí de pronto que golpeaba el viento
le abrí la puerta y escapó un sollozo.

Tomé aquel corazón entre mis manos
quise abrigarlo como ayer lo hiciera,
sentí el otoño en mis cabellos canos
y dejé reposar la primavera.

Lejos estaba de mi alcance, entonces,
cerré la puerta del desván y el viento,
trajo en sus alas un tañir de bronce
y tras la lluvia, se acercó el invierno.

Hoy ya encorvada por el peso mismo
de los años vivídos para amarlo,
vivo vencida, pero mi lirismo
se enciende de pasión para adorarlo.

Y en el ocaso de mis días grises,
un manto de ilusión cubre mis canas,
como si aquél ayer de horas felices
viniera a despertarme en las mañanas.

María Inés Bustos ( Marinés )
Todos los derechos reservados
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